sábado, 22 de marzo de 2014


LA TORTUGA ANDARIEGA
Yo amo a Adriana, mi tortuga; es bella, andariega y graciosa. Más que una mascota, es mi amiga. Se puede decir que somos inseparables y su bello nombre de origen latino significa: Nacida en la ciudad del mar.

Tenemos por costumbre salir a pasear para hacer ejercicio y para disfrutar del aire puro de la periferia de la ciudad. El viernes pasado, aprovechando que la circulación de vehículos se había interrumpido, la saqué a la calle y le quité la correa para que se sintiera en completa libertad y disfrutara más de su caminata. Me quedé en la puerta de la casa mientras ella, segura de si misma, cruzó la acera, descendió y tomó el carril central, y empezó a avanzar; de vez en cuando me volvía a ver, como tratando de comprobar que gozaba de mi confianza y se fue alejando.

            Avanzaba a su habitual velocidad, tranquila y confiada. Cuando de nuevo empezó a circular el tránsito, tuve que correr en su auxilio. Mi trabajo consistió en prevenir a los pilotos, para que tuvieran cuidado con mi querido quelonio; para que no la fueran a atropellar y todos los conductores, comprensivos y al mismo tiempo divertidos, disminuyeron velocidad y la esquivaron con gentileza. Así pasamos largo tiempo, ella ganando terreno y yo sirviéndole de ángel guardián. 

            Conforme avanzaba, centímetro a centímetro, los curiosos empezaron a aglomerarse y a escoltarnos en ese peregrinaje. Después de algún tiempo, cuando la andarina por fin llegó a la meta que se había fijado, la multitud estalló en aplausos. Había recorrido doscientos metros, y se sentía exhausta; con su lengüita de fuera asesaba por el esfuerzo efectuado, pero exhibía una gloriosa sonrisa de satisfacción.

            A Adriana se le veía realizada y vivió con toda intensidad sus quince minutos de gloria.  En esa oportunidad, no impuso ninguna marca y no se le podía exigir más, pero regresó a la casa en hombros de sus admiradores. Ya habrá tiempo para que entrene y quién sabe si el día de mañana pueda participar en competencias de su categoría y hasta conquistar la codiciada medalla que la acredita como campeona olímpica. Después de todo, no será la primera tortuga que haga historia, ganando una competencia. 
Con dedicación y perseverancia todo es posible. FIN


             Se conoce como perseverancia a aquel valor del que disponen algunos seres humanos en su actuar y que implica la constancia, la firmeza y la tesón en la consecución de algo.
Benjamín Franklin (1706-1790): La energía y la perseverancia conquistan todas las cosas.
Benjamín Jonson (1572-1637): Los grandes trabajos no son hechos por la fuerza, sino por la perseverancia.

viernes, 24 de mayo de 2013

La última frontera


LA ENCOMIENDA

            Desiderio se detuvo por un momento frente a una de las entradas de los servicios sanitarios de la Plaza de Armas, en espera de que apareciera su amiga, a quien había citado en ese lugar.
            De repente una mujer se le acercó con premura y le dijo:
            —Porfa, señor; sostenga mi pato por un ratito, mientras voy al baño; pues, estoy que no me aguanto.
            Sorprendido y sin tiempo a reaccionar, ya Desiderio sostenía entre sus brazos al ave, mientras la mujer se perdía de su vista al descender por las gradas que conducen a los servicios sanitarios.
            —Mira al señor —dijo una joven madre que pasaba por ese populoso lugar, remolcando a un niño de unos seis años—, que lindo, sacó a pasear a su mascota.
            Desiderio esbozó una tonta sonrisa, mientras se sentía ridículo a la vista de todo el mundo. «Menos mal, pensó, que pronto volverá esa impertinente y se llevará a su animalejo».
            Un señor que vestía un terno café y sombrero, al estilo de los años cincuenta del siglo veinte, se le acercó con aparente amabilidad.
            —Qué bonito su pato, usté. ¿Lo vende?—. Y le acarició la cabeza al ave, que trató de esquivar la caricia, sin lograrlo.
            —No. No es mío. Una señora me lo recomendó por un rato.
            —No se haga —le dijo y le guiñó el ojo—, le doy mil dólares por él.
            Desiderio vio a su interlocutor con incredulidad. ¡Mil dólares! «¿Se estará burlando de mi?» Y se quedó en silencio.
            El hombre del terno esperaba la respuesta y al notar la indiferencia del otro, trató de arrebatarle al palmípedo.
            En ese momento, el lustrador que aparentaba estar a la espera de clientes, el barrendero que limpiaba el excremento de los cientos de palomas que conviven en la Plaza y el vendedor de números de la lotería, que se encontraban en los alrededores, sacaron sendas armas, ordenaron a los dos hombres que no se movieran y se identificaron como policías de la brigada de antinarcóticos.
            Al hombre del terno le decomisaron un revolver y a Desiderio un pato.

            Largo sería enumerar todos los pormenores del caso, pero en aras de la brevedad, sólo queda decir que la mujer que hizo la palmípeda encomienda, nunca apareció y los dos hombres fueron conducidos a la Delegación de Policía. El pato, que no resultó ser una mansa paloma, si no un mini-mula y bien cargado. Con su carita de no hago nada, llevaba en su interior numerosas capsulas de cocaína.
            El pato no pudo demostrar su inocencia, ni que era una inofensiva victima de las circunstancias y además, por ser el único de los tres que estaba fuera de la jurisdicción del Procurador de los Derechos Humanos; en busca de evidencias, fue ejecutado sumariamente y al final, paró en la olla de uno de los jefes policíacos, quien bromeaba diciendo: que era la primera vez que comía carne de mula y que no sabía mal.

La noticia del inverisímil caso se difundió por todos los medios; y un sensible canta-autor, no desperdiciando la oportunidad, compuso un narcocorrido, que a no dudar, será un rotundo éxito, pues ya empieza a sonar en todas las radios del país.       

Con su carita de inocente
y la pancita bien cargada
un menesteroso pato
salir de pobre deseaba

Rumbo al norte viajaba.
sin saber que la policía
sus plumíferos pasos seguía
pero el destino cruel…


            Hoy, Desiderio ya libre de cargos, piensa que toda experiencia debe de ser aprovechada, pues deja una lección. Lección que él ha aprendido y que, en forma de moraleja, heredará a sus descendientes y de ser posible para aprovechamiento de la humanidad entera: Nunca, pero nunca sostengas el pato de una desconocida.
           

jueves, 7 de febrero de 2013

La casa de los trece gatos.


ISBN 978-9928-8100-4-4

PRÓLOGO
Para el escritor de ficción, basta una conversación, una noticia u otro estímulo cualquiera, para que su fantasía se dispare y de inmediato, como por arte de magia, le empiecen a brotar las imágenes que pronto se convertirán en las verdades inventadas que le dan vida a la gama de hechos supuestos que, debidamente ficcionados, formaran el cuerpo de un trabajo literario.

elPeriódico
Guatemala. Enero 2004
El crimen de la casa 48 (I)
Sucedió en La Antigua Guatemala hace cuatro semanas. El crimen de dos hermanos tan extraños como su propio asesinato, conmocionó a los antigüeños y se ha convertido en uno de los casos más macabros y enmarañados conocidos en las últimas décadas en esa ciudad. Dos hombres solitarios que vivían como menesterosos en medio de una fortuna millonaria son los personajes de una historia real, que pareciera protagonizada por fugados de un relato de terror del siglo XIX.
Paola Hurtado

Así, las líneas anteriores, que no son más que el inicio informativo de un trágico y lamentable suceso, fueron el detonante para que surgiera a la vida la presente novela; que para su desarrollo, asume como sus únicos parámetros, la libertad intrínseca que es necesaria para el hecho creador y la imaginación sin límites; ambos, como atributos necesarios para el trabajo intelectual.
Advertido el lector del mundo imaginario en que se va a sumergir, se le invita, a través de la lectura, a disfrutar y a ser testigo en primera línea de las peripecias que viven sus protagonistas.


Capítulo 18



            Pedro todos los días acostumbra levantarse a las nueve de la madrugada —como él suele decir—, con parsimonia y con desgano para enfrentarse a la vida en otro día insípido, rutinario y sin expectativas de nada. En algunas oportunidades se baña, en otras no.
«¿Para qué hacerlo? —se justifica—. Si no me relaciono con nadie.» Exceptuaba, desde luego, a su tolerante hermano.
Ya a esa hora lo espera el desayuno, que el bueno de su pariente ha ido a comprar, como todos los días, a donde La Canche. Es una colación que le gusta, pero que hasta cierto punto le aburre. El menú es limitado y repetitivo; «pero bueno, tengo que comer», piensa con resignación; además, en casa no hay quien cocine.
Dependiendo del estado de ánimo con que se despierte, así se viste; a veces de hombre, utilizando las gastadas prendas de su exiguo vestuario y en otras oportunidades, de mujer, también utilizando ropas sencillas, pero que complementa con cuidadosos maquillajes.
El esmerado arreglo femenino lo hace sentirse animado y lo eleva en alas de la ilusión en la realización de sueños que sólo su especial mentalidad le hace vivir. Cuando se da por satisfecho en su emperifollado, se contempla en el espejo del viejo ropero. Sonríe, se aleja y se acerca varias veces sin perder de vista su imagen, caminando con pasos de modelo en pasarela y coquetea para sí mismo.
 «Estoy hecha un mango», y se da por satisfecho o satisfecha, según le dicte su cambiante opinión.
Luego, se dirige a la ventana que da a la calle y, detrás de las cortinas de tul, herencia de su difunta madre, se dedica a observar a los peatones, cuidándose de no ser visto. Casi siempre lo logra, pero en algunas oportunidades lo ve alguno de los paseantes, con indiferencia principalmente si son jóvenes, ya que desconocen de su existencia o de su afición por las prendas femeninas, sin llegar a distinguir o sospechar el verdadero sexo de la persona vislumbrada
En otras ocasiones lo ven individuos mayores que están al tanto de su vida e inclinación transexual y por lo regular lo hacen con una sonrisa burlona, como quien dice «te vi, cabrón» y continúan su marcha; quizás, para hacer algún comentario posterior en rueda de amigos u olvidarlo a los pocos pasos, por no ser una novedad que mantenga viva la atención de los pobladores de la localidad.
            Desde su punto de vigilancia, Pedro observa a las chicas que pasan y se compara con ellas.
«Soy mil veces mejor que esa pizpireta», piensa. Y se siente feliz y realizado cuando se considera mejor que ella o triste cuando cree que la supera en belleza.
«¡Desgraciada! Ojalá que le dure mucho.» Es su pensamiento de consuelo.  
También observa a los chicos, dándoles calificaciones de uno a diez, según su presentación y hermosura, y luego sueña con disfrutar de la compañía y de las caricias de los que mejor puntearon, según su particular gusto y estándar de calificación. Pero cuando más disfruta de su pasatiempo de fisgón, es cuando frente a su balcón, su punto habitual de vigilancia, marchan deportistas o jóvenes estudiantes de ambos sexos, rumbo al Estadio Pensativo para participar en torneos atléticos o en actos cívicos. 
Después de los emotivos y colectivos desfiles, con los sueños elevándolo hasta la estratosfera de sus ilusiones, suele buscar la intimidad de su habitación y frente al espejo, improvisa complejos y prolongados números de streep tease, en donde él-ella es la estrella del virtual espectáculo y actúa con pasión, supuestamente, ante los chicos poseedores de los mejores físicos, los que su enfermiza memoria logró retener a lo largo de la actividad, hasta llegar a la buscada auto gratificación en donde termina rindiéndole pleitesía a Onán, su particular neo dios.  A manera de justificación, se dice:
«El placer no le es ajeno al propio cuerpo; esta intrínsecamente ligado al organismo del sujeto. La presencia de la eventual pareja, hombre o mujer, sólo sirve como estimulo externo o como sucedánea ayuda para hacer más grato el clímax, pero sin llegar a ser necesariamente imprescindible.»
Logra el placer, sí; y a pesar de sus creencias, en muchas oportunidades termina llorando, porque siente la necesidad del complemento marital. Y en esas ocasiones, se maldice.
«¿Por qué soy como soy? ¿Por qué no puedo salir y enfrentar la vida? ¿Por qué no soy como los demás? ¡Soy un maldito, mil veces maldito! ¿Pero por qué, por qué?».
No encuentra la respuesta consoladora y solloza con lagrimas incontenibles, que parecieran brotar de lo más profundo de su ser. Y en algunas oportunidades finaliza sumergiéndose en prolongados períodos de depresión.
Allí está el placer, en su propia habitación y en su propio cuerpo; pero esa soledad que en contadas ocasiones bendice, a la larga estruja su alma y lo hace sufrir, deseando hasta la muerte 
            Que su vivienda esté situada frente a La Merced lo considera una fortuna, pues puede observar a las personas que a diario visitan la plazoleta, la salida y entrada de las procesiones para Semana Santa y desde luego, a los asistentes a las diferentes ceremonias religiosas que de continuo se desarrollan en el templo. Todos, personas y actividades, le sirven de gratuito entretenimiento.  Pero más de veinte años de aislamiento voluntario, encierro y onanista soledad, son muchos años, casi como una condena a prisión y en solitario.
Pero ahora, cuando creía que nada cambiaría, vislumbra una luz al final del túnel. Esa luz tiene nombre: Virgilio, quien de repente ha aparecido para iluminar su solitaria vida y de ribete, con amor.
«Con un poco de suerte y maña, ya convenceré a este hombre para que se venga de fijo a vivir conmigo».
El frío espejo, testigo de sus solitarias y lúbricas ilusiones, según sus expectativas, al fin será sustituido por un ser de carne y hueso. Justo, lo que todos los seres normales buscan en sus respectivas parejas,
«Cuando el amor es sincero —sonríe— no importa el género».
La ilusión de una vida diferente había nacido y el que riega a lo largo de su camino, vistosos y olorosos pétalos de multicolores flores, como si se tratara de una alfombra de ensueño, es su Virgilio. El mismo que en la niñez, por su falta de aguante, lo había dejado en la antesala del placer desconocido, pero que ahora, cuando se consideraba condenado a la soledad eterna, se materializa para colmarlo de dicha.
En su sensible espíritu se posaba la verde esperanza de su pronto retorno. ¿Acaso no le había prometido visitarlo de nuevo?
Suspiró con intensa fuerza y lloró, pero esta vez era de felicidad.

           
 



martes, 30 de octubre de 2012

METAMORFOSIS

Vicente Antonio Vásquez Bonilla

Hermes, quien había tenido un día satisfactorio y lleno de exitosos logros, llegó a su casa sintiéndose realizado. Cenó y luego se fue a dormir con una sonrisa atrapada entre sus labios.
A la mañana del día siguiente, aún en su lecho, empezó a sentirse incomodo, abrió los ojos para ver qué era lo que le molestaba y grande fue su sorpresa, al darse cuenta que ahora no cabía en la cama. Durante la noche había crecido. Medía cuatro metros de estatura y luego comprobó que, como por arte de magia, toda su ropa se adaptaba a su nuevo tamaño.
Al salir a la calle la gente lo veía con sorpresa, pero como era conocido por la mayoría de los habitantes del lugar, su nueva dimensión no les causaba ningún temor. Su gran tamaño lo hacía descollar y al pasar, nadie se resistía a la tentación de voltear a verlo.
Él se sentía poderoso.
Después de varios días, la novedad de su sorpresivo e inusitado crecimiento iba pasando. La gente se acostumbra a todo y fue aceptado con naturalidad. Además se tenían noticias de que en varias poblaciones habían aparecido otras personas que de la noche a la mañana alcanzaron similar estatura, sin que nadie se pudiera explicar semejante prodigio.
Él era un fenómeno, pero al parecer no estaba solo.

Los habitantes del lugar, solían reunirse los domingos en un prado cercano para divertirse en concurridos días de campo que, incluían entre otros, almuerzos al aire libre, juegos de pelota, paseos a caballo o nadar en el cercano río. Ese domingo, también Hermes asistió, pues formaba parte de la comunidad y era admitido sin ningún recelo.
 Alrededor del medio día, el campo se encontraba muy concurrido y todo el mundo se divertía. De repente, en un extremo de la llanura, aparecieron una mujer y un hombre, de estaturas similares a la de nuestro amigo, vestían disfraces parecidos a los de los súper héroes de los pasquines, avanzaban dando grandes voces, saltando y corriendo rumbo a donde se encontraban reunidos los pacíficos habitantes del pueblo. Quizás se trataba de dos de los gigantes de alguna localidad cercana. Y tal vez los vistosos disfraces del Hombre Araña y de La Mujer Maravilla, respondían a una intención lúdica y sin intención de causarle daño a nadie, pero los paseantes, inclusive, el gigante local, se asustaron de tal manera que no se quedaron para averiguarlo y todos salieron en estampida, dejando abandonadas sus pertenencias. Sobre la grama quedaron diseminados: manteles, canastas, alimentos, juguetes...

Después del bochornoso incidente, Hermes se sentía mal; él también era un gigante, al igual que los dos intrusos que les arruinaron el paseo dominical y sin embargo no les había hecho frente, y ni siquiera se había quedado para averiguar cuáles eran sus intenciones, y por el contrario, había salido huyendo. La vergüenza lo estaba matando, así que decidió emprender una nueva huida: Irse del pueblo hacia donde nadie lo conociera.

Emprendió el camino sin rumbo definido. Llegaría hasta un lugar que le pareciera apropiado y ahí iniciaría una nueva vida.
Caminaba por senderos poco transitados y pasara por donde pasara, a causa de su gran tamaño, la gente lo veía con asombro y curiosidad, pero debido a que se había regado la noticia de la existencia de varias personas de gran altura, no le temían. Al llegar a un cruce de caminos, encontró a una mujer que lloraba al lado de un microbús.
—¿Qué te pasa —le preguntó con genuino interés—, por qué lloras?
La mujer volteo a ver y tuvo que levantar la vista para encontrarse con los ojos de su interlocutor. Al hacerlo, mostró un rostro que revelaba las huellas inequívocas de haber recibido una paliza.  
—Es que mi hombre —respondió en medio de lloriqueos intermitentes— me pegó.
—¡Qué desgraciado! —Dijo Hermes con indignación al ver el bello rostro de la mujer con varios moretes e inclusive, un ojo rojo.
—Pero… ¿por qué te hizo eso?
—Es que trabajo en una casa de citas, él es mi protector y cuando no hago lo que quiere o no le doy el dinero que gano, se enfurece y me pega. No es la primera vez que lo hace, pues con facilidad pierde los estribos.
—¡Qué desgraciado! —reiteró—. Te explota y todavía te pega. ¡Maldito!
La mujer al ver el interés y la indignación del hombrón por lo que le había sucedido, concibió una idea y esbozó, hasta donde le fue posible por el dolor, una deformada sonrisa.
—Mi nombre es Eduviges y tú me puedes ayudar a darle una buena lección. Una lección que no olvide en toda su desgraciada vida. Si lo haces, yo te quedaría muy agradecida y sabría cómo pagarte, tu tamaño no me asusta.
—¿En dónde está ese sinvergüenza? Dime en dónde es —se aventuró a decir.
            —Yo te llevó —le dijo la mujer, señalando el microbús.
            Ambos vieron el vehículo y por pequeño lapso se quedaron mudos.
            —Ahí no quepo —dijo Hermes con la esperanza de no comprometerse en algo que no era de su incumbencia.
            —Ese no es problema. Te acomodas en la parrilla —le señaló la parte superior del vehículo—, sé que será incomodo, pero es por corto tiempo.
            A regañadientes, Hermes sin osar a negarse, se instaló sobre la armazón destinada para el trasporte de carga, la chica se colocó al volante y emprendieron camino hacia la mancebía.
            A Hermes no le molestaba tanto la incomodidad ni el zarandeo del vehículo, como el tener que enfrentarse a un desconocido, que según dijo Eduviges, era un hombre violento y de malas entrañas.
            El microbús continuó su marcha y el hombre de gran tamaño, con el paso del tiempo y el recorrido de cada kilometro, sentía que se encogía.
            A cada momento el vehículo estaba más cerca de su destino y su cuerpo se reducía. De gigante de cuatro metros pasó a su tamaño original, y ahora, ya era un enano.
            Al final, el vehículo se detuvo ante el burdel.
—Llegamos —dijo la mujer con emoción.
Hermes, que segundos antes ya era un émulo de pulgarcito, en ese instante se esfumó.

Cuento: Metamorfosis:
Myriam Jara
Buenos Aires, Argentina

Bien, Chente, hagamos primero un análisis literario que para eso estudié, para criticarte a vos. Me encanta la fluidez de tu escritura, eso me permite no distraerme con metáforas que agobian, lo mismo ocurre con el lenguaje utilizado, nada de palabras rimbombantes, que hay textos que lo merceden y otros donde resultan un obstáculo para la comprensión del mismo, por lo tanto, y emulando a los formalista rusos (pa’ que sepas que estudié), bien por la FORMA (impecable construcción con una gramática acorde), luego vamos por el FONDO (no, el fondo de casa no, el FONDO como tema a exponer). Antes de leer ya estaba planificando mi estrategia para demandarte por plagio a Kafka (sin derecho alguno pues no soy ni pariente lejana pero como él es patrimonio de la humanidad y yo parte de ella, algún porcentaje me debe corresponder), a medida que avanzaba en el relato me dije “UF, GRACIAS A DIOS NO ES UNA CUCARACHA, QUE SI ME DA ASCO UNA DE ESAS VOLADORAS, AYYYYYYYY CON UNA DE CUATRO METROS (fantasía recurrente en mi)”  Más luego pensé en el increíble Hulk “Oh, no, Chente quiere hacerme creer que aún me duran los efectos alcohólicos de la última cena (no, la de Jesús, no, la de mis colegas), pero sigo leyendo pues a curiosa no me gana nadie y además, como escritor no te gana nadie, volví a hablar conmigo misma “ALGO SE TRAE, ÉL NO ESCRIBE SOBRE LA MUJER MARAVILLA” y sí, efectivamente, el final, sorprendente, inesperado (yo esperaba un grandote sonso con el ojo morado y la nariz quebrada por un violento de metro ochenta) y llego a la conclusión de la profundidad de tu cuento. No importa que tanto te veas, sino que tanto te creas. El miedo no es sonso (el grandote tampoco) y no hay obstáculos que te impidan lograr aquello que tenés en mente, del mismo modo, si el objetivo que perseguís no es tu causa, no importa lo que hagas, nunca lo conseguirás porque no pondrás la vida en ello. Finalizo diciendo: FELICITACIONES, CHENTE, QUERIDO AMIGO, ADMIRADO ESCRITOR.
 Myriam.

jueves, 18 de octubre de 2012

CHISPITA

Vicente Antonio Vásquez Bonilla

Chispita es una perrita graciosa y juguetona, aunque por ratos traviesa.

Un domingo salió a pasear al parque y al acercarse a la fuente, vio a dos pequeñas alondras bañándose en ella. De inmediato sonrió y ladrando, se dirigió hacia donde estaban las aves y les dio tremendo susto. Los pájaros, en menos del tiempo en que un pollito dice pío, volaron y se posaron en una de las ramas de un sauce cercano y desde ahí, con sus corazones palpitándoles con fuerza, veían a la responsable de su rápida fuga.

Chispita gozó su momento de travesura y luego, se alejó de la fuente. Iba en busca de otra aventura. Las avecillas, al ver que se alejaba, respiraron tranquilas y poniéndose de acuerdo con una simple mirada, retornaron a proseguir con su interrumpido baño. Chispita, aún riéndose,  volteó a ver y al darse cuenta que las dos aves habían reanudado su jolgorio acuático, de inmediato se dio vuelta y en medio de un torrente de ladridos, regresó y de nuevo las asustó. Después se rió, celebrando su fechoría. Mientras, las aves retornaron a la rama del árbol y enojadas, se empezaron a burlar de la perrita.

            —Lero, lero, candelero, a que no puedes atraparnos, a que no, a que no —y reían con ganas—. Perra tonta y rastrera a que no puedes volar, a que no, a que no. Lero, lero…

            La perrita, enfurecida, ladraba y saltaba, y de verdad, hubiera querido volar para darles su merecido a ese par de insolentes pajarracos, que se burlaban de sus vanos intentos por alcanzarlos.

            —¡Me las van a pagar! —les gritó, dio media vuelta y se alejó.

            Mientras tanto, las aves se carcajeaban y después de celebrar por largos minutos, se dedicaron a buscar en los recodos del árbol, deliciosos gusanos para merendar.
           
            Al rato, regresó Chispita, sin que las dos alondras se dieran cuenta. Venía acompañada de su amigo, Termi, el gato de la vecindad de su casa; llamado así por sus amigos, ya que se consideraba el Terminator (exterminador) de los ratones del barrio.

            —¡Hoy me las pagan, porque me las pagan! —le decía al felino—. No se volverán a burlar de mí.

            —Claro —le respondió su amigo—. Yo te ayudo a realizar tu venganza y de paso engullo mi refacción.

            El minino y la traviesa cachorrita se acercaron al árbol con sigilo y Termi, en silencio, empezó a trepar; mientras Chispita, emocionada, gozaba por anticipado su venganza.

            El felino, sin ser detectado,  llegó cerca de las aves y en un santiamén, engulló a ambos pajaritos; luego, muy orondo, descendió y con una mirada de triunfo se acercó a su amiga, quién lo felicitó por su hazaña.

            Ambos se dirigieron hacia su calle de habitación y seguían celebrando la proeza, cuando de repente Termi sufrió una especie de espasmo y luego, eructó y al abrir las fauces uno de los pájaros salió volando.

¡Había escapado!

            —¿Qué pasó? —inquirió la cachorrita.

            —Es que esa bola de plumas me estaba picoteando el estómago y no lo pude resistir —se excusó el minino muy azorado.

            —Bueno, pero ten cuidado; que el otro no escape.

            —No lo creo, está quieto, no siento ninguna molestia.

            Y efectivamente, el otro pájaro, había pasado a ser alimento del trepador de árboles.

            Pero… Siempre hay un pero, la avecilla no había escapado con vida, y negándose a morir del todo, regresó a este mundo, como alondra fantasma y desde entonces vive asustando al par de traviesos amigos, quienes ya no se atreven a salir de noche. FIN
           

            Todas nuestras acciones, buenas o malas, traen sus consecuencias, así que debemos pensar muy bien lo que hacemos.

 

           Abraham Lincoln (1808-1865). Político estadounidense: Medir las palabras no es necesariamente endulzar su expresión sino haber previsto y aceptado las consecuencias de ellas.